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Cuestiones Musicales




Mambo , que Rico el Mambo

Cuatro saxofones, cinco trompetas, un trombón, congas, tumbadora, contrabajo, batería y al piano un cara de foca que se llamaba Dámaso Pérez Prado. El músico más genial nacido Resultado de imagen para damaso perez pradoen Cuba. En Matanzas de 1916.

El rey del mambo. Sin discusión.

Hizo furor en mis tiempos mozos, en los 50, la década pródiga cubana. Y todavía a estas alturas del tiempo y la distancia, se escucha su ritmo, se cuestiona su autenticidad, se admira su talento. Pérez Prado sigue siendo trascendente para el mundo artificioso y cabal de la música. Igual que Mozart, Tschaikowsky, Falla, Gershwin y Lecuona. Sin importar edad, haya nacido en mi época o en 1992.

El mambo, como lo popularizó Pérez Prado, se origina en Cuba en 1943 y se proyecta internacionalmente desde México en 1949 con Mambo que Rico el Mambo, la primera y más fascinante composición musical del extraordinario pianista y arreglista que empezara tocando en los bullangueros cabarés de la playa habanera de Marianao.

El mambo pudo haber despuntando antes. Los musicólogos afirman que es sucesor de la rumba y precursor del swing americano, que toma su nombre de la expresión ñañiga "aberecuto y güiri mambó" (abre los ojos y esucha). O como lo describiera su mismo creador: "es mezcla de ruídos y lamentos, graznidos de ocas, viento de la tarde, color de la noche." En realidad no importan sus orígenes o su autoría; la verdad histórica es que Dámaso Pérez Prado lleva el mambo a ocupar niveles increíbles de fanatismo en todo el planeta. Se bailó en Cartagena, en Asunción, en Luanda, en Trípoli, en Oslo, en Nueva Delhi, y en Taipei. En 1955 el mambo Cerezo Rosa ocupa los primeros lugares por seis meses consecutivos en los hit parades de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Japón.

Pérez Prado no fue profeta en su tierra. Nada nuevo. Gaspar Pumarejo lo llevó a Cuba para la inaguración de nuestra televisión en 1949 y yo fui a verlo en los estudios del Canal 4 cerca de la Universidad de la Habana. Fue al aire libre. Ha pasado casi medio siglo y sin embargo, todavía puedo describir minuciosamente aquella actuación del Cara de Foca y su estupenda orquesta, aquel derroche de talento, de maestría armónica, de originalidad melódica, de energía tropical. Aquella luminosidad musical.

Como todo gran creador, Dámaso Pérez Prado sufrió, críticas, celos, ataques, hasta reclamaciones judiciales. En México lo acusaron de "gringuista", en Estados Unidos su color era ignominia, en Cuba lo despreciaron cual cipayo, en Perú el cardenal Guevara negó Resultado de imagen para damaso perez pradola absolución a quien bailara mambo.

Pero cuando la orquesta de Pérez Prado tocaba, el mundo se olvidaba de sus pesares y de sus pecados. El teatro San Juan y el Palladium de Nueva York se abarrotaban; en las discotescas de Estocolmo no cabía tanto bamboleto; en el Follies Bergeré de París las coristas se movían voluptuosamente al rimo efervescente y renovador.

Y aunque se quiera internacionalizar su talento, extranjerizar su figura, estamparlo con sello mercantil, hay que escuchar sus interpretaciones de Almendra y Siboney para entonces comprender que Dámaso Pérez Prado fue un cubano integral. Que jamás negó su origen. Ni sus comienzos musicales con la Orquesta Kubaney, acompañando a Paulina Alvarez, la emperatriz del danzonete.

Atesoro mis discos de Pérez Prado. Placer sublime escucharlos un domingo otoñal, al caer la tarde, navegando la imaginación por añejos ríos de recuerdos que aún no se diluyen en remoto mar.

--Abuelo, ¿qué música es ésa? --me pregunta intrigado mi nieto de seis años que lógicamente cuestiona todo lo étnico; frijoles negros, croquetas, pastelitos de guayaba, alharaca, dicharachos, política baja, retórica microfónica, bandera desgarrada, espasmo cultural.

--Mambo mi'jito --respondo con displicencia en espera de un rictus burlón.

El niño escucha atentamente, se concentra, me mira fijo con ojos limpios, sonríe y dice:

--Me gusta

(Noviembre de 1998)
© Andrés Rivero
De Patria, Amor y Libertad

 

 

Un Préstamo a Benny Moré 

 

Desde que Benny Moré regresó a Cuba, a mediados de los cincuenta, y formó su gran orquesta, un amigo y yo nos empeñamos en seguirlo para bailar en cualquier lugar de la isla donde tocara; así lo vimos en Artemisa, Colón, Cienfuegos, Ciego de Avila, Holguín y otros pueblos de Cuba, algunos  bien rurales en salones con techo de guano y piso de tierra endurecida. Jóvenes buscando la oportunidad de bailar bien.

Y de que manera…

Benny ya había tenido en México una brillante carrera musical y fílmica como cantante de la genial orquesta de Dámaso Pérez Prado, con quien mucho aprendió y después aplicó en Cuba escribiendo populares boleros y guarachas y creando la banda mas dinámica  y rítmica de la isla, agregándole por primera vez un trombón y un drum al estilo Gene Krupa.

Castellanos que Bueno Baila Usted y Como Fue llevaron a Moré y su gigante orquesta a  triunfar en los mejores nite clubs de La Habana. Y de Cuba entera. Y a resonar por todos los rincones del hemisferio. Por algunos años Benny fue tops. Pero bebía demasiado, era poco puntual, muchas veces no llegaba a los bailes campesinos y ello fue creando cierto resentimiento entre los fanáticos, aunque cuando la orquesta arrancaba ante su peculiar chillido, hasta las chaperonas, siempre tan oficiosas, “echaban un pie”.

Mas el alcoholismo por fin lo venció y empezó a matarlo después de un corto período de degradación musical; desentonaba, se le olvidaba la letra, perdía el compás en el baile, daba lástima en la escena con sus gestos chabacanos y grotescos, como quitarse la dentadura postiza ante el público “porque le impedía cantar bien”. Y perdió la orquesta.

Todo al mismo tiempo que bajo el asedio terrorista del fidelista Movimiento 26 de Julio, Cuba iba al abismo.

Una noche de octubre de 1958, de regreso de un mitin político que pretendía darle al cubano la oportunidad electoral de evitar la debacle revolucionaria, paramos a comer algo en el famoso Ali Bar, donde actuaba entonces Moré pues uno de nuestros partidarios era buen amigo. Benny cantaba lastimeramente acompañado por solo cuatro músicos, ninguno de su banda. Estaba flaco desencajado, se bamboleaba arrítmicamente y cuando terminó de cantar Santa Isabel de las Lajas (su pueblo natal) se sentó en nuestra mesa y empezó a divagar sin ton ni son sobre su brillante pasado musical. Todos callamos, escuchándolo con mucha comprensión… cuando ya nos marchábamos se me acercó y preguntó:

-¿Me puedes llevar a mi casa?

--Claro…

Benny vivía, creo recordar, en Benjumeda cerca de la Escuela Normal de la Habana; cuando llegamos se bajó del carro tambaleándose y me pidió:

--Negro, ¿me puedes prestar cinco cocos? Image result for benny more

-Si.

Nunca me los pagó de vuelta.

Poco después, de madrugada, yo huía de Cuba.

Benny murió tres años después.

Ya Cuba había muerto.

Pero nunca, ni él ni yo, la abandonamos.

Ella nos abandonó.  

Andrés Rivero
©
2016

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Universalidad de la Música Cubana

El señor Armando A. Galindo, lector de este libro en la capital del mundo, me enmienda la plana: La Paloma, Vereda Tropical y el Cumbanchero no fueron escritas por cubanos. Es cierto. Pero insisto en calificarlas como “buena música Related imagecubana escrita en México” (porque las tres piezas citadas se deben considerar cubanas en ritmo, letra y partituta, tal como Cachita es una típica guaracha cubana escrita por un genial puertorriqueño. Así de universal es nuestra música, que no sólo se compone a la orilla del mar, arrullada por las brisas del Yumurí, o bajo la luminosidad de una espléndida senda tropical. Si no que se crea en otras latitudes del globo por otros autores trascendentes sean de Panamá, Uganda o Japón. Chauvinismo. Quizás. Pecamos demasiado los cubanos en ponderar lo que tuvimos y acrecentar lo que en realidad somos, pero nunca exageramos con nuestra música, la mejor del género popular en el planeta.

Se puede discrepar. Como el amable lector niuyorquino, pero no debe uno asombrarse, ni espantarse. La buena música surge de inspiración sublime, madeja de talento, esmero y creatividad que no reconoce idioma, idiosincracia, ni frontera, Así Ernesto Lecuona compuso una formidable pieza española: La Malagueña. También Agustín Lara: Granada. Pero aún más, el fancés Charles Aznavour ha escrito muy buenos boleros cubanos. Duke Ellington, el portento de la música norteamericana, compuso algún que otro guagancó, disfrazado de blues y el italo-americano Dean Martin  grabó The Peanut Vendor (El Manicero del cubano Moisés Simmons). Luis Alcaraz escribió bellos beguines americanos como Viajera, Bonita y Muñequita de Squire, como lo hizo Alberto Domínguez con Perfidia y Frenesí o el mismo Lecuona con Siempre en Mi Corazón. Y el mambo y el cha-cha-cha, autóctonos ritmos cubanos, se forjaron en Ciudad México. En Veracuz, Tampico y Mérida se han escrito armónicos danzones cubanos. Y Luis Enrique, nicaragüense, interpreta el son cubano tan bien como Oscar de León, venezolano, o como Roberto Torres, habanero. Así que la música salta muros, se universaliza y la nuestra, repito, se ha compuesto en diferentes traspatios. En Miami, algunas de las piezas cubanas del compacto Mi Tierra de Gloria Estefan fueron escritas por Estéfano, un magnífico compositor colombiano.

Por ello rRelated imageeitero que La Paloma (cuando salí de La Habana válgame Dios), Vereda Tropical (la noche llena de quietud… para mi, a orillas del Cuyaguateje) y El Cumbanchero (a bongo, bongo, bongosero) son buena música cubana escrita en el extranjero. Cuba se reivindica en su música, Cuba vive en ella y nunca morirá por ella, a pesar de sus avatares políticos. El déspota tropical seguirá intentando aniquilar nuestro espíritu, que mientras cante no cejará en sus ímpetus libertarios.

El son se fue de Cuba, escribió el venezolano Billo Frometa, hace ya treinta y cinco años. Y no ha regresado. Y no lo hará mientras el tirano siga en el poder. Pero “no hay mal que dure…”

Juégueselo al canelo.

(Agosto de 1996)
© Andrés Rivero
De Patria, Amor y Libertad



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